El Artista

Natural de La Habana - escenario donde han acontecido y aún acontecen los movimientos y producciones artísticas más trascendentales de la historia del arte cubano-; Alexander Mayet cursó estudios en la Academia de Artes Plásticas “San Alejandro” en La Habana. Su desarrollo transcurrió entre los matices de una familia de artistas, donde dibujantes, diseñadores y pintores integran el escenario familiar de su estirpe paterna. Absorto en una tradición plástica, Alexander, durante los años de estudiante cultiva el paisaje como género independiente. Etapa de búsquedas, sus inclinaciones hacia la figuración y el dibujo propiciaron un renacer en el quehacer artístico de Mayet.

A inicios del presente siglo XXI su obra gráfica se asienta, fundamentalmente, en lo figurativo. Alude a un escenario testimonial donde trasciende su inmersión en el entorno, como fruto de un proceso de investigación. Un amplio repertorio de personajes, caracterizados por su deformación y gestualidad, estimula la reflexión sobre un arte que representa lo momentáneo, lo inmediato, lo transitorio. Concentrado en las aristas menos amables de la realidad cubana, indaga a la manera de observador y cronista, colocando en sus lienzos a personajes y ambientes pertenecientes a estratos sociales menos privilegiados. Capta así sutilezas de la condición humana.

Tópicos como la embriaguez, los personajes emergentes del contexto social, la emigración, lo cotidiano y el existencialismo, son variaciones constantes sobre la gran sinfonía de la presencia humana en sus costados diurnos; no se desentiende, sin embargo, de los ángulos nocturnos, presentes también en la sensibilidad finisecular. Su obra se acerca conceptualmente a la de grandes maestros de la historia del arte como Peder Severin Krøyer, y Edward Hopper.

De los expresionistas y neoexpresionistas alemanes y estadounidenses hereda el uso de la figuración en gran formato, preferiblemente pinceladas gestuales, gamas cromáticas amplias, con intensos contrastes cromáticos, haciendo uso frecuente de la combinación de varias técnicas. Mayet aprovecha la línea y el color de un modo temperamental y emotivo. Sus personajes acentúan la expresión, sobre todo en la mirada, concentrando su interés en simbolizar más que en representar. Predomina la intención primaria de captar y plasmar la realidad desde la impresión. El expresionismo y el lirismo pictórico se aúnan en su quehacer artístico.

Dentro del panorama plástico cubano contemporáneo la obra de Mayet tiene una característica distintiva: sus personajes denotan la cualidad intrínseca de quienes viven en la Isla, marcados por penurias, desventuras, dolores y situaciones límites de la existencia humana. Imágenes coloridas y “caricaturescas”, portadoras de un aliento vital, sin abandono a su esencia. Desde su vocación, como minucioso observador, compila las experiencias y registra el ambiente, dimensionándolo en síntesis de los sentidos. Como pasado por un filtro, coloca su iconografía a la vista de todos donde, tal vez, cada quien se encuentre así mismo.

La pintura de Mayet a menudo presenta monocromías. Sus instalaciones son concebidas con el fin de suscitar reflexiones e interactuar con el espectador. En su obra se perciben tres ejes fundamentales: la realidad, le enajenación y los anhelos, que construyen una metarrealidad a medio camino, entre lo ficticio y lo real.