La pintura de Roberto Fabelo, todavía un misterio por develar

Diciembre 2019

Roberto Fabelo se convierte en cronista de lo cotidiano a través de una imagen agónica de la existencia. Nacidos de una pesadilla o paridos por una imaginación voraz ven la luz los rostros de Fabelo. Brotan sin tiempo para el gesto amable, entintados en su dolor o ensimismados por obsesiones terribles. Vienen a la vida como salidos de un Capricho….

Esas son, al menos para mí, algunas de las impresiones que me produce la obra de Fabelo, tan cercana al surrealismo y, al mismo tiempo, superadora de cualquier etiqueta que intentemos imponer a su personal estilo. Roberto Fabelo emerge en la década del setenta, tras su egreso de la Escuela Nacional de Arte. Dibujante por excelencia, la exquisitez de su trazo ha estado
siempre referida a las incitaciones del cuerpo humano y de la fauna. Su obra refleja la huella de dos grandes maestros españoles, Velázquez y Goya, dada la concepción figurativa de la imagen asumida con cierto aire grotesco.

Apartado de una orientación localista, sus piezas no parecen seguir patrones de moda sino una fina intuición que lo ha conducido al estudio obsesivo de genios de la pintura, principalmente española, en consonancia con una tradición pictórica cubana asentada en estos paradigmas y ostensible en otros artistas modernos como Fidelio Ponce de León, el relevante creador
camagüeyano. No es casual la sintonía espiritual con Ponce y sus figuras espectrales, dominadas por un áspero expresionismo pero poseedoras de honda poesía existencial. Fabelo se ha reconocido deudor suyo, y lo ha considerado Maestro de la vanguardia en la Isla. La apertura conceptual de finales de los 70 del siglo pasado propicia la ascensión del artista hacia búsquedas en el orden compositivo. Su estilo se modula hacia un cambio distintivo, descrito así por Leonardo Padura:

“Una dimensión más profunda y abarcadora apareció en sus dibujos de los años 80, a partir de sus series Imagen de lo popular (con la que se acercaba desde una perspectiva crítica a la imagen del cubano, tratando de desmontarla en sus actitudes y comportamientos)…” Polémicas en el trazado de lo cubano, y ajenas ya al paisaje de un Caribe donde sensualidad y música lo dominan todo, las imágenes de un nuevo repertorio gráfico sorprenden. La Isla no es siempre un paraíso y, en su compleja historia, se anudan vicisitudes y desgarramientos. Fabelo se convierte en cronista de lo cotidiano, a través de una imagen agónica de la existencia. Emergen sus retratos dominados por gestos punzantes y ámbitos surrealistas. Nace la poesía dolorosa de la vida, repartida en fragmentos vitales… Este será el título de una de estas series, asombrosa por el impacto visual de la propuesta. Mediante ella, Fabelo – explorador de mundos fabulosos – descubre una atractiva iconografía donde incorpora su imaginario, desbordante de humanismo sin retóricas.

El cambio de lenguaje y los amplios formatos en papel kraft le asocian a la gráfica monumental. Se apoya en la fuerza de la imagen, sin considerar límites en cuanto a soporte, ni a disposición de las piezas que puedan conformar la obra, apoyado en el valor del blanco y de los grises. Brotan sus metáforas alucinantes. Su ejecutoria manifiesta una concepción más reflexiva, propia del acercamiento a la realidad circundante y a los problemas universales que afectan al hombre, asumidos con una óptica contemporánea. Provisto de una gama cromática reducida, el autor logra un muestrario de simbólicas metáforas que convierten la historia, el devenir de cada día en acontecimiento inusitado tras su inobjetable cotidianidad. Surge el cronista y madura el perspicaz dibujante.

Hasta el día de hoy, Fabelo no ha reparado en variaciones estilísticas, incorporando prácticas artísticas como la instalación y el collage, y pese a que su naturaleza genética pueda ser reconocida mediante sus trazos fieros, sus pinturas continúan siendo un misterio por develar.


Compartir